Bucarest

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Bucarest no es una ciudad monumental; es más bien una ciudad grande (sobre los 2M de habitantes) y muy extendida (Madrid tiene 605km^2 y en cambio Bucarest son 8.260km^2). Sin embargo la parte más interesante de la ciudad está limitada a un área relativamente pequeña en el centro.

Desde mi punto de vista lo realmente curioso de la ciudad es el contraste entre los diferentes paisajes urbanos que podemos encontrar a pocos metros unos de otro. Por un lado el corazón de la ciudad lo forman infinidad de casas unifamiliares y viviendas de uno o dos pisos. Encontramos por un lado las casas de estilo romanesco (con aspecto de villas campestres), muchas de ellas construidas a finales del siglo XIX o principios de siglo XX, en la época del florecimiento de Bucarest como capital del unificado reino de Rumanía. Junto a ellas también hay infinidad de casitas de estilo francés: casas de un único piso, de fachada neoclásica, con frisos y columnas empotradas y grandes ventanales en general muy decoradas (algunas tienen incluso hornacinas con esculturas de corte clásico). Son casas con techos sumamente altos (5m) construidas al estilo francés cuando la influencia de Francia sobre Rumanía era enorme. En aquella época la alta burguesía rumana enviaba a sus hijos a estudiar a Francia y mucha gente de clase media aprendía francés para aparentar. De hecho hay en el lenguaje rumano expresiones semejantes al francés como el “larevedere” usado en las despedidas. Muchas de estas son casas adosadas que comparten una pared y en el lateral opuesto tienen un pequeño jardín o cochera. Como curiosidad, la mayoría tienen la entrada por el jardín: al rumano no le gusta poner la entrada a la casa en la fachada que da a la calle.

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Junto a estas construcciones también encontramos casas construidas en los años 30 según los nuevos estilos de la época: art-decó (no hay muchas) estilos románticos y estilos más vanguardistas como Bauhaus –hay algunos patrones Bauhaus que se ven repetidos en muy distintos barrios de la ciudad-.

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Todas estas construcciones comentadas hasta ahora son las responsables de la relativamente baja densidad de población en todo Bucarest, en contraste con la arquitectura más visible en las grandes calles y avenidas: el bloque (o blocul en rumano). El bloque obedece a 2 fenómenos fundamentales. Por un lado la influencia del comunismo y por otro el inmenso terremoto que asoló Bucarest en 1977.

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Ceaucescu fue dictador de Rumanía desde 1967 hasta 1989. De orígenes humildes, aunque accedió al poder de la mano del partido comunista rumano, Ceaucescu era profundamente nacionalista, orgulloso y algo acomplejado por la humilde economía agraria rumana. Pensaba que la modernización de Rumanía debía pasar por industrializar el país y trasladar a la gente a vivir a inmensos bloques de casas funcionales y completamente homogéneos.

Ceaucescu acometió un intenso programa de demolición de viviendas tradicionales y construcción en su lugar de miles de bloques masivos de una altura homogénea cercana a los 12 pisos y según un patrón común de aspecto comunista parecido a los que se pueden encontrar en Moscú o en Varsovia. Como Bucarest debía ser el escaparate mundial de progreso de Rumanía, la construcción comenzó con la demolición de las casas con fachadas a las principales calles y avenidas de la ciudad y la construcción de estos bloques. Los bloques eran propiedad del estado, y los funcionarios del estado con cierta categoría tenían derecho a vivir gratuitamente en un piso del estado.

Adicionalmente, el fortísimo terremoto que asoló Bucarest en 1977 provocó que muchos edificios decimonónicos sufrieran importantes desperfectos y aceleró el ritmo de demolición de casas u construcción de los bloques, omnipresentes en toda la ciudad. La solidez de los bloques, construidos íntegramente en hormigón armado, probó la resistencia de estas construcciones frente a los terremotos, muy frecuentes en toda Rumanía.

El efecto de este urbanismo de bloques en la ciudad es curioso. Si avanzamos por una calle principal, parece que estemos en una gran ciudad muy homogénea e impersonal. Vemos un tráfico denso de coches entre una sucesión infinita de bloques que parecen todos iguales. Sin embargo al adentrarnos por una calle lateral o franquear el muro de bloques a través de los numerosos pasos que se abren en sus bajos, salimos a zonas de la ciudad donde aún podemos encontrar las construcciones primitivas: las casas bajas y las villas decimonónicas. Como efecto añadido, los bloque de hormigón apantallan totalmente el ruido del tráfico propio de las grandes avenidas. La tranquilidad y el silencio imperante dentro de las manzanas nos haría pensar que estamos en una zona residencial de la periferia o en una zona antigua de una capital de provincia. Y sin embargo estamos en el centro de la ciudad!

Algo que llama la atención en Bucarest es la ausencia de aparcamientos: no hay aparcamientos públicos y los bloques tienen poquísimas plazas de aparcamiento, dado que en la Rumanía de los 80 poca gente podía permitirse un coche. Sin embargo en la actualidad todo rumano tiene un coche –si bien muchos son modestos Dacia (segunda marca del fabricante francés Renault) o Fiat Punto, ambos de fabricación local. La solución a esta falta de aparcamiento es sencilla: en Bucarest está permitido aparcar en las aceras. Y las aceras están atestadas de coches. Esto tiene un pequeño efecto pernicioso: las aceras, en su mayor medida construidas en cemento o con los mismos materiales con los que se construyen las calzadas, están llenas de baches producidos por el peso de los coches que aparcan allí. Eso hace que cuando llueva la ciudad entera se convierta en un gigantesco charco.

La ciudad está cuajada de pequeñas iglesias ortodoxas. Hay que considerar que un 90% de la población es ortodoxa, y que muchos son practicantes. Podríamos pensar que el sistema comunista, en el poder en Rumanía desde finales de la II Guerra Mundial hasta 1989, fecha en la que Ceaucescu fue depuesto y fusilado, debería haber tratado de borrar las creencias religiosas del pueblo rumano. Nada más lejos de la realidad: Ceaucescu era más nacionalista que comunista, y nunca osó prohibir ni dificultar las prácticas ortodoxas. Antes bien supo ganarse el favor y la tolerancia de los líderes religiosos, lo que favoreció la paz social y la tolerancia al comunismo –lo contrario que lo sucedido en otros países comunistas como Polonia-. Cuando el comunismo finalmente fue depuesto, esta afinidad entre los líderes religiosos y el estado provocó cierta desafección hacia la iglesia ortodoxa. Sin embargo en la actualidad basta pasar un viernes por la tarde o durante el fin de semana por cualquier iglesia y puede verse infinidad de personas rezando y poniendo velas por sus intenciones o por sus difuntos.

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Los ortodoxos no tienen “días de precepto” (obligation days) como tenemos los católicos. Van a la Iglesia cuando les apetece –o lo sienten- y en determinadas ocasiones: por Pascua, por Navidad, en ciertas fiestas o cuando tienen un evento familiar: una boda, un bautismo o una defunción. En dichas ocasiones, las ceremonias son largas y muy sentidas. En la semana de Pascua se paraliza el país. Tras la Pascua, incluso en las conversaciones de negocios en las oficinas, todo el mundo se saluda diciendo “Hristos a înviat!” y respondiendo “Cu adevãrat a înviat!” (“Cristo ha resucitado”; “Verdaderamente ha resucitado”). Cuando alguien apadrina un bautismo o una boda, se toma como un tremendo gesto de amistad y una gran responsabilidad. Los ritos de bautismo requieren grandes desembolsos (se compran productos para ungir al ahijado en la ceremonia y los preparativos son largos y complejos).

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Es curioso entrar en una iglesia ortodoxa: son iglesias pequeñas –porque las zonas asociadas a las parroquias son más pequeñas que las españolas- y por tanto la comunidad es más reducida. Además no se reúnen todos los domingos, como en España, sino que cada cual va a los ritos litúrgicos cuando le parece oportuno. El rito litúrgico no se hace delante del pueblo, sino en un presbiterio –o zona reservada para los clérigos- que se encuentra separado del resto de la Iglesia por un panel decorado con ilustraciones de santos llamada iconostasio –llena de iconos-. Y suele durar varias horas. Los ortodoxos no tienen un santoral como el católico: cada iglesia tiene sus propios santos, sacerdotes o monjes que consideran ejemplares y a los que deciden dar culto de santo. Las iglesias estan llenas de pinturas y fotos de santos a los que rezan los fieles.

A la puerta de las iglesias hay una cajas grandes donde los fieles hacen ofrendas de velas encendidas, para pedir los vivos y por los difuntos. Las velas están en dichas cajas para evitar ahumar el interior de los templos (siempre hay gran cantidad de velas prendidas) y para proteger las velas de la lluvia, ya que en primavera y verano hay abundantes precipitaciones. Una caja es la de los vivos y otra la de los difuntos, por lo que siendo un poco observador es fácil de entender qué es lo que le preocupa más a cada fiel. El luto por los difuntos dura varios años.

Algunas muestras de estas iglesias que merece la pena ver en Bucarest son la Biserica Stavropoleos, la Biserica Cretzulescu, la Biserica Radu Voda, la Biserica Coltea, la Biserica Doamnei, la Biserica Domnita Balasa, la Biserica Patriarhia. No es necesario buscarlas: un simple paseo por el centro de la ciudad nos irá hacernos topar con estas iglesias casi sin pretenderlo.

Algo envidiable de los rumanos es su caridad: cuando muere un miembro de la familia es costumbre ofrecer por el difunto obras de caridad. Además cuando se ven personas mayores mendigando en las calles de Bucarest o vendiendo ramilletes de flores silvestres o conservas caseras preparadas por ellos mismos, es muy habitual que las personas se paren, hablen con ellos o les compren sus humildes productos.

Algo que llama la atención es la gran cantidad de puestos de flores en las calles de Bucarest. A los rumanos les encanta regalar flores: igual que en España cuando nos invitan a cenar llevamos vino y bombones, en Rumanía los rumanos aparecen con su ramito de flores, que además cuando llevan por la calle llevan siempre con los tallos hacia arriba y las flores hacia abajo –para que no chorreen, supongo-. Por ello hay infinidad de puestos de flores. La gente que despacha en estos puestos, generalmente muy humildes, prácticamente vive en el puesto, haga frío o haga calor, llueva o nieve. En las gélidas noches de invierno, ver entre los arreglos florales y las macetas, el bulto que forma el dependiente envuelto en un saco de dormir o con innumerables capas de ropa, encoje el corazón.

La ciudad está llena de covrigaries. Una covrigarie es una especie de panadería donde hacen pan, empanadas, pastas y especialmente covriges. Un covrige es una especie de lacito de masa de harina, crujiente y aderezado con sal, sésamo (covrige cu susam) o queso (covrige cu branza) o chocolate (covrige cu ciocolata). Son muy baratos y es habitual que un rumano se desayune con un covrige de camino al trabajo, o que compre uno de estos lazos para tomar a media mañana. Normalmente el rumano acompaña el covrige con un yogourt casi líquido denominado “sana”. En las covrigaries también se puede encontrar una especie de bizcocho muy típico, que se come en prácticamente todas las celebraciones y que suele tener un relleno de nueces o de manzana llamado “cozomac”. En Pascua el cozomac se rellena además de queso fresco y se llama “pasca”.

También la ciudad está llena de oficinas de cambio/ casas de empeño “birou de schimb valutar” o “casa de amanet” : hay casi una en cada manzana. Muchos rumanos estuvieron trabajando en Europa occidental y sus colchones deben estar repletos de Euros, huyendo de la devaluación de la moneda local, por lo que las oficinas de cambio tienen un flujo continuo local de Euros. Cambiar euros en dichas oficinas es mucho más barato que en un banco.

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A parte de las numerosas iglesias repartidas a lo largo de la ciudad, hay algunas zonas que tienen especial interés por su monumentalidad. Probablemente el edificio más conocido de Bucarest es el Palacio del Pueblo. Este edificio, construido en sólo 4 años por la administración de Ciaucescu, es el segundo edificio más grande del mundo por detrás del Pentágono, en Washington. Este edificio estaba destinado a ser el palacio presidencial, la sede de todos los ministerios y además la sede del partido comunista de Rumanía. Un edificio tan impresionante requería de un entorno totalmente monumental, cuyo diseño Ceaucescu supervisó personalmente: una inmensa avenida situada en el centro de la ciudad y que desemboca en una gigantesca plaza en la que se alzar el palacio: el Boulebard Unirii (o de la unidad) que en su nombre refleja ecos del nacionalismo rumano. Para construir el palacio Ceaucescu demolió un barrio entero con 7.000 viviendas, 12 iglesias y 2 sinagogas, trasladando a decenar de miles de personas. Un equipo de decenas de 20.000 persona incluyendo miles de ingenieros y 700 arquitectos trabajaron en el edificio en turnos cubriendo las 24 horas para completar la construcción en tiempo récord. Muchos de los trabajadores de la construcción que en los años posteriores trabajaron en toda Europa occidental, aprendieron su oficio en en el Palacio del Pueblo. La construcción se comía anualmente el 10% de los presupuestos generales del estado y el propio Ceaucescu y su mujer supervisaban personalmente la obras. Cuentas los rumores que la escalinata principal del edificio, cuyos escalones están diseñados a la medida de los pasos de Ceaucescu y su mujer, fueron construidos, demolidos y vueltos a construir en innumerables ocasiones hasta dar con un diseño a gusto de sus futuros inquilinos. Todo el palacio era una exaltación nacional rumana. Ceaucescu quiso que todos los materiales de construcción fueran rumanos y el estilo de los diferentes recintos estuviera inspirado en construcciones clásicas rumanas, como el palacio de Cantacucino. Incluso las sedas que decoran las paredes de algunas salas debían proceder de gusanos nacidos y criados en Rumanía. El edificio es espectacular. Muerto Ceaucescu, la estructura del edificio estaba terminada y muchas de sus habitaciones estaban ya totalmente construidas y decoradas, si bien hay estancias que aún hoy no están acabadas. Sin embargo era tal el resentimiento del país hacia la figura de su promotor, que el primer impulso fue demoler el edificio o sepultarlo simbólicamente creando una montaña artificial. Finalmente se optó por una opción más práctica y se decidió utilizarlo como sede del parlamento, tribunal constitucional y sede de distintas agencias gubernamentales. Rodeando al palacio hay un conjunto de edificios gubernamentales y bloques muchos más vistosos que los del resto de la ciudad, destinados a la flor y nata de la jerarquía del partido comunista, que en la actualidad se encuentran habitados por la gente que puede pagarlos (se trata de una buena zona de la ciudad), muchos de ellos ministros y diputados. Como en todo Bucarest, detrás de los suntuosos bloques que jalonan el Boulebard Unirii, hay casitas bajas y un oasis de tranquilidad, al igual que en el resto de la ciudad. 

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Otra zona que merece la pena visitar es Lipscani, que es el barrio antiguo de la ciudad, y como en toda Europa, la judería. Lipscani era una zona degradada que se rehabilitó en el cambio de milenio. Se extiende de norte a sur desde el cauce del río Dambovita, al norte del Boulevard Unirii hasta la plaza de la Universidad, cerca del centro geográfico de la ciudad (que alberga el km 0 del país). Lipscani está formado por casas de poca altura (tres o cuatro pisos) muchas construidas en los años 20 o 30 y con algunos edificios suntuosos, como el Banco Central de Rumanía. Hoy Lipscani es el corazón de la vida nocturna de Bucarest, y está cuajado de terrazas, bares modernos, pizzerías, restaurantes de diseño, cabarets, discotecas y, sobre todo, mucha vida. Es el lugar perfecto para tomar una copa, bailar o salir a buscar a la media naranja o al medio limón. El horario de funcionamiento de los locales es calcado del de España –de hecho muchos empresarios allí establecidos se foguearon en el negocio de la hostelería trabajando en España-. En el extremo sur de Lipscani está Curtea Vece (la vieja corte), el edificio más antiguo de Bucarest palacio del Voivoda (o comandante) Vlad Tepes en el que se inspiró el personaje literario de Drácula. Vlad Tepes es uno de los líderes nacionales que mantuvo a raya al enemigo turco.

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Un aspecto que llama mucho la atención de Bucarest son sus parques y la “cultura de parques” de Rumanía. Voy a mencionar aquí los dos mejores parques de la ciudad –a mi parecer-: el Parque Herastrau y el Parque Cismigiu.

El parque Herastrau se encuentra al Norte. Bucarest está en una llanura por la que discurren varios ríos. Por el centro de la ciudad discurre canalizado el río Dambovita, que por tamaño y caudal a mí me recuerda mucho al modesto Manzanares de Madrid. Al Norte de la ciudad, más que un río propiamente dicho, hay un conjunto de lagos canalizados y conectados entre sí por los que dicurre el agua de oeste a este en dirección hacia el mar negro. En lago más grande de este sistema de lagos es el lago Herastrau. El parque Herastrau rodea al lago Herastrau y es el equivalente al parque del Retiro. El lago tiene una forma irregular y un perímetro aproximado de 6 km, y es la zona natural de expansión de la ciudad. Miles de personas cada día corren, montan en bici o patinan alrededor del lago. Yo mismo iba allí a diario a correr durante los casi cuatro meses que estuve viviendo en la ciudad. El lago es muy ancho y unas barcazas de poco calado ofrecen un plácido recorrido por unos pocos lei (la moneda local: 1 Eur = 4,4 lei). Hay también una escuela de vela para aprender a navegar –si bien está prohibido bañarse en el lago-. En verano la gente pesca en el lago, aunque yo no he visto nunca sacar nada. Las parejas pasean por el parque y los políticos locales se jactan de normalidad recordando los paseos con sus parejas en Herastrau. En la zona Noroeste del parque hay un pequeño campo de golf de 6 hoyos, en medio de la ciudad, así como un lujoso restaurante, el Diplomat, reservado a las personas más pudientes. En el Noreste del parque hay gran cantidad de restaurantes y terrazas, que las noches de verano se llenan de gente guapa dispuesta a disfrutar unas copas al suave ritmo de música lounge. Finalmente, Herastrau tiene numerosas escuelas de tenis y padel para los que busquen algo competitivo.

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Antes de pasar al segundo mejor parque de Bucarest, el Cismigiu, quería mencionar un peculiar museo que se encuentra en la zona Oeste del parque Herastrau, el Museo del Pueblo (Museu Satului), un museo al aire libre que muestra los distintos estilos constructivos de Rumanía y que data de la época de Ceaucescu, que trasladó casas originales de todos los confines de Rumanía a Bucarest para poder mostrar la riqueza de las construcciones y las tradiciones rumanas. Junto a la entrada a este museo, al este del parque, se encuentra el Arcul del Triunf, una reproducción 1:2 del Arco del Triunfo de París que data del período francófilo ya mencionado.

El segundo parque que quería mencionar es el parque Cismigiu, un parque muy coqueto que se encuentra en el centro de la ciudad, al norte del río Dambovita y justo al norte del Palacio del Pueblo. Este parque de estilo inglés con lago central alberga los sábados por la mañana un mercado de artesanía rumana que es visita obligada para el turista.

Antes de terminar esta reseña de Bucarest quería hablar también de las arterias principales de la ciudad que constituyen las referencias principales para moverse con soltura cuando se visita la ciudad. Empezaré por el centro financiero de Bucarest, que yo sitúo en la Piata Victoriei –Plaza de la Victoria- ya que allí se encontraba tanto mi oficina como la oficina de France Telecom, uno de mis clientes principales. En esta plaza, una de las mayores de la ciudad (después de la Piata Unirii), se ubica la sede de la presidencia de gobierno y está rodeada de zonas verdes –el parque Kischeleff- y los grandes bulevares de la ciudad. Esta plaza es una buena referencia, ya que la entrada a la ciudad desde el aeropuerto ya en taxi o en autobús, suele hacerse por allí. También en esta plaza se cruzan las principales líneas de metro de la ciudad: la 1 que discurre en dirección Norte/ Sur y que es la más usada por los turistas, y la 2 que discurre Este a Oeste. A diferencia de Madrid, en el metro de Bucarest, que tiene un precio muy asequible (15 Lei, 10 viajes), las estaciones están mucho más espaciadas, por lo que en muy poco tiempo seremos capaces de recorrer grandes distancias.

Desde Piata Victoriei, hacia el Norte, se abren 2 grandes bulevares, el bulevar Kischeleff y el bulevar Aviatorilor. A lo largo de estos bulevares encontramos las casas más suntuosas de la ciudad, muchas de ellas convertidas en embajadas o residencias de personas muy adineradas. Ambos bulevares están ajardinados y terminan en las esquinas inferiores del parque Herastrau. Son perfectos para un paseo tranquilo si se dispone de tiempo y buena condición física.

Desde Piata Victoriei, hacia el Sureste, se abren 2 de las arterias más importantes de Bucarest: Calea Victoriei (la calle de la Victoria) y el Bulevar Lascar Cartagiu. El Bulevar Lascar Cartagiu (donde se encuentra la sede principal de France Telecom) es el primer tramo de una de las avenidas principales de Bucarest y discurre en dirección Suroeste hasta la Piata Romana. A lo largo de este bulevar encontramos edificios suntuosos, muchos de ellos oficinas, y restaurantes bastante decentes. Entre ellos hay un restaurante italiano, “Bouna Sera” atendido por un grupo espectacular de camareras y con un menú diario muy completo. En este mismo bulevar, muy cerca de las oficinas de France Telecom, hay un restaurante español llamado “Rambla” donde la comida es bastante buena y recuerda lejanamente a la comida española. Finalmente junto a “Rambla” hay otro restaurante llamado “Cortile”, que ofrece también un menú diario decente. Continuando por este Bulevar se llega al Bulevar Magheru, que es la arteria Norte – Sur más importante de Bucarest. Comienza en Piata Romana y termina e Piata Unirii. A lo largo de este bulevar se concentran los cines de la ciudad, hay centros comerciales (en la parte más cercana a Unirii), edificios clásicos, como el hospital más antiguo de la ciudad, museos, iglesias y los mayores hoteles de la ciudad (el Intercontinental y el Howard Johnson). El autobús que viene del aeropuerto discurre por esta calle hasta su final de línea en Piata Unirii. Hay 2 puntos importantes a lo largo de este Boulevard: La Piata Universidad, plaza donde se concentran varios edificios de la Universidad Central de Bucarest, y centro cultural y geográfico de la ciudad y la Piata Unirii, lugar donde están los mayores centros comerciales de la ciudad. En la Piata Universitat se sitúa el km 0 y el Teatro Nacional de Bucarest. También es la entrada natural a la zona de copas de Lipscani, de la que ya hemos hablado y que queda al Suroeste de esta Piata. La Piata Unirii es la plaza más grande de Bucarest y forma parte del complejo monumental construido en torno al Palacio del Pueblo. En esta plaza hay grandes centros comerciales y en ella también se concentran las sedes de grandes corporaciones que operan en Rumanía. Además es el punto más adecuado para el acercamiento, a través del inmenso Bulevar Unirii –en dirección oeste desde Unirii-, hacia el Palacio del Pueblo para apreciar la puesta en escena concebida por Ceaucescu para tan monumental edificio.

Calea Victoriei, la otra arteria que parte en dirección sureste de la Piata Victoriei es la calle más lujosa de Bucarest: esta calle se dirige hacia el sur hasta llegar al río Dambobita y encontramo en ellas las tiendas de las principales marcas de lujo mundiales, así como grandes hoteles, como el Sheraton o el Radison y los principales museos de la ciudad (Museo Nacional George Enescu, Academia Romana, Museo de las Colecciones de Arte, Museo Nacional de Arte Rumano -ubicado en el antiguo palacio real rumano- o el Museo Nacional de Historia de Rumanía). También a lo largo de la calle encontramos edificios representativos como el Ateneo Romano, principal sala de conciertos de Bucarest, el edificio del Círculo Militar y numerosos bancos, palacios e iglesias. Si sólo pudiéramos visitar una calle en Bucarest, sin duda esta sería la calle.

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